Coincidiendo con el pasado Día Mundial de Internet, Cisco hizo público su último informe sobre el papel que juegan las tecnologías a la hora de crear un mundo conectado más equilibrado y equitativo. En dicho informe se recogieron importantes conclusiones, como la estimación de que, en 2023, habrá una cantidad cercana a los 24.000 millones de dispositivos conectados a internet. Si bien es cierto que la cifra está por debajo de otras estimaciones realizadas en años anteriores, sigue tratándose de un número abrumador que nos ayuda a entender el potencial de las cosas conectadas y el paradigma tecnológico, empresarial, económico y social hacia el que nos dirigimos.

Irremediablemente, al hablar de millones de dispositivos conectados entre sí, surge un concepto que, por sus características y funcionalidades, cobra especial relevancia: Internet de las Cosas. Considerada como una de las tecnologías más importantes del siglo XXI, se podría decir, en términos muy simples, que se trata de la conexión a internet de todo tipo de objetos físicos y cotidianos. No obstante, esta es solo la simplificación de una tecnología que esconde mucho más y cuyos efectos están siendo más que notables.

IoT supone la interconexión de objetos y toda clase de dispositivos físicos que reciben y transfieren datos a través de redes inalámbricas sin necesidad de supervisión humana. La base fundamental de este concepto es integrar en dichos dispositivos una serie de componentes y sensores diseñados con multitud de propósitos, que los dotarían de las capacidades necesarias para recoger, enviar, recibir y analizar datos de manera constante formando un ciclo de retroalimentación.

Gracias a una informática de bajo coste, sobre todo en cuanto al hardware y los sensores, a las tecnologías móviles y de telecomunicaciones, a los servicios cloud, al big data y a la analítica de datos, los objetos físicos que, probablemente hasta hace no mucho se encontraban desconectados, hoy son capaces de recopilar y procesar datos con una mínima intervención humana, lo que posibilita aplicaciones de todo tipo.

Por otra parte, generalmente se considera que Internet de las Cosas es una tecnología independiente, aunque lo cierto es que su impulso viene dado, entre otros factores, por los avances logrados en otras muchas tecnologías:

  • Sensores y dispositivos de bajo coste y requisitos energéticos ínfimos, fundamentales para la creación de las redes y su mantenimiento.
  • Cloud Computing y, en general, todos los servicios integrados en la nube que permiten a empresas y usuarios acceder a una infraestructura tecnológica sólida y eficaz sin necesidad de una gestión integral de la misma.
  • Edge Computing, similar al concepto de computación distribuida de la nube, pero que acerca los procesos y el almacenamiento de datos a la ubicación donde se necesita, lo que mejora sustancialmente la latencia y ahorra ancho de banda.
  • Servicios avanzados de conectividad, con protocolos de red específicos que garantizan una transmisión de datos rápida y eficiente.
  • Data science y tecnologías basadas en Inteligencia Artificial y Machine Learning, que permiten a las empresas tomar decisiones de negocio basadas en datos. Los propios datos que se generan gracias a Internet de las Cosas también retroalimentan estas tecnologías.

Por otra parte, conviene diferenciar Internet de las Cosas de los sistemas M2M, con los que guarda ciertas similitudes, pero que se basan en conceptos distintos. Machine to Machine (M2M), se refiere a la tecnología que permite el intercambio de información de datos entre máquinas que se encuentran en una misma red. Dichas máquinas, que pueden ser cualquier dispositivo electrónico (desde un motor industrial a una máquina expendedora) se comunican de forma autónoma sin necesidad de supervisión humana. Habitualmente es un método que se utiliza para la inspección y control remoto de las propias máquinas y el entorno de red en el que se encuentran ubicadas.

No obstante, aunque este término puede asemejarse al de IoT, no se tratan de sinónimos ni de tecnologías idénticas. Ambas soluciones brindan ventajas diferentes y están diseñadas para entornos concretos y específicos. Su aplicación varía en función de los protocolos utilizados para realizar las conexiones, según los objetos que se quieren conectar, en función del tipo de despliegue planteado inicialmente y ajustándose a la clases de datos que se recogen y el uso que se hará de ellos posteriormente.

Dentro del propio concepto de IoT, también sería conveniente realizar una diferenciación entre sus aplicaciones más genéricas o habituales, las que están enfocadas a ofrecer servicios al consumidor final, de aquellas destinadas a los sectores industriales. De hecho, dentro de este contexto se suele hablar de IIoT, o Industrial Internet of Things, debido al peso e importancia que, durante los últimos años, ha obtenido esta vertical.

En entornos industriales, la aplicación de Internet de las Cosas suele considerarse como una solución especialmente efectiva en lo que a capturar y comunicar datos en tiempo real se refiere. Además, las empresas suelen aplicar IoT para detectar con más rapidez incidencias y problemas, para ahorrar tiempo y costes, y para mejorar procesos. También suelen reportarse mejoras en la eficiencia energética, se posibilita la producción just in time y el mantenimiento predictivo de la maquinaria cobra especial relevancia.

Las nuevas capas de automatización que se generan posibilitan no solo una mejora en determinados procesos, sino la puesta en marcha de nuevos modelos de negocio que antes no eran viables. Gracias a la fabricación inteligente, las redes eléctricas inteligentes, las cadenas de suministro digitalizadas o las mejoras en el campo de la logística, surgen nuevas oportunidades para crear y distribuir más y mejores productos.

La fabricación en general, e industrias como la automovilística, el transporte y la logística, y los sectores gran consumo y retail, han visto potenciadas sus capacidades durante los últimos años gracias a aplicar soluciones IoT en sus procesos empresariales.

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